miércoles, 13 de mayo de 2020

Inteligencia: 0 - Higiene: -1

Inteligencia: 0  -  Higiene: -1

Si se tratara de un partido entre la inteligencia gubernamental y la higiene social, los marcadores se volverían locos; en el primer caso marcar algo más que un cero rotundo sería complejo, y en el segundo el marcador intentaría ir hacia abajo.
¿Duro análisis?, eso quisiera yo; pensar que estos comentarios, son fruto de mi frustración y dolor por ver lo que está ocurriendo en nuestro país y en el mundo en su totalidad; pero al igual que no parece haber tests suficientes para analizar el coronavirus, tampoco parece haber tests de inteligencia suficientes para determinar la oportunidad y lógica de las medidas que aleatoriamente el gobierno de la nación va poniendo en marcha a toque de inspiración de musas ignotas.
Cada día los diarios nacionales y las redes sociales, en sus diversas modalidades, se afanan en explicar el significado de las fases de desescalada, la interpretación de las resoluciones del Consejo de Ministros, o las publicaciones del BOE. Los ciudadanos, parece que no alcanzamos a entender tan sofisticada elaboración de medidas que se contraponen, se solapan, se contradicen o dejan paradojas matemáticas del más curioso interés.
Los políticos están lanzados a hacer sonoros llamamientos de agravios, y alta generosidad nacional repartiendo cuatro mascarillas aquí o allá, mientras que seguimos sin una política clara, congruente y sobre todo lógica, para combatir la pandemia.
Los chistes, burlas y chirigotas abundan en la red; sin duda alguna uno de los indicadores más fiables en España  de la incongruencia de las decisiones gubernamentales y de la hartura de la población.
Pero si hablamos de la higiene social, nos percataremos de que todas las medidas básicas de prevención del coronavirus, chocan con prácticas profundamente arraigadas en amplias capas de la sociedad española. Véase chuparse el dedo para coger el papel donde se envuelve el pan, o separar los guantes de plástico, obligatorios ahora en los supermercados, con un poco de saliva en el dedo, o soplando a pleno pulmón, etc. etc. (véase el artículo publicado en este diario el 29 de febrero). Y qué decir de escupir en la calle, o el fantástico deporte de comer pipas escupiendo las cáscaras envueltas en saliva, a la calle. Y sobre este punto, problema para el señor Simón: “si una persona come una bolsa con trescientas pipas a razón de una pipa cada dos segundos y escupe con su saliva correspondiente cada cáscara a la calle; caminando a una velocidad media de 5 km/h. ¿Cuantos kilómetros habrá regado de saliva y a qué distancia se encontrará cada salivazo?; corolario: calcúlese el efecto que tendría sobre niños jugando a la pelota en esas calles, si circulan durante la hora de juego, 30 personas contaminadas con Coronavirus comiendo pipas?. Nota: los peatones circulan por la calle de forma aleatoria sin orden alguno.” Los resultados pueden anotarlos en el cuaderno de “historias para no dormir”.
Y ¿qué me dicen, de la no menos común practica de sacudir escobas y alfombras desde los balcones, coronando de pelusas, contaminadas o no, a viandantes y paseantes?.
Y ¿cómo nos quedamos al saber que estudios recientes confirman que el 25% de la población española no se lava las manos tras ir al baño?.
Con estos antecedentes de higiene social, ya pueden poner mascarillas y guantes, que si no se hace una educación de higiene social, intensa y con amplia cobertura, lo mejor será encomendarse a  todos los santos para salir de ésta; porque ni la inteligencia gubernamental ni la higiene social, ganarán la partida.


Fernando Almansa

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