domingo, 13 de abril de 2014

Ni súbditos, ni reyes

Ni súbditos ni reyes
Los tiempos que vivimos, son convulsos y cambiantes, pero quizá no más que cualquier otro tiempo pasado.
El avance del reconocimiento de los Derechos Humanos a lo largo de todo el planeta, la aceptación universal de la igualdad entre hombres y mujeres, la eliminación de la esclavitud, la confirmación de la democracia como el sistema menos malos de gobierno, y las crecientes exigencias de mayor autogobierno y capacidad de decisión de los diferentes pueblos, configuran tendencias muy interesantes, llenas de obstáculos en su aplicación práctica y al mismo tiempo difíciles de gestionar.
Por todo ello no es de extrañar que las mentalidades de gobernantes mediocres y de poca visión, quieran responder a estas tendencias, limitando el espacio de incertidumbre que generan, proponiendo cada vez más limitaciones de derechos, mayor vuelta atrás y mas aferramiento a los sistemas de mando y control único, para que “nada se menee” y todo sea como “siempre fue”; aunque a decir verdad jamás la historia tuvo una narrativa única ni un status quo estático.
En este contexto, las violaciones masivas de derechos sociales infringidas por gobiernos de llamados Estados democráticos,  se convierten cada vez más en un acicate más fuerte para la revolución social, pacífica y justa.
El abuso de los poderes clásicos, con casos de corrupción, tráfico de influencias y mentiras manifiestas, llaman al desmantelamiento de los patrones autoritarios convencionales y ya sin duda obsoletos. En particular la monarquía en España, ya desalojada en dos ocasiones de la historia y repuesta por un dictador militar, está más que nunca en cuestión;  ahora salpicada de escándalos de todo tipo: morales, de corrupción, de mentiras institucionalizadas, y al mismo tiempo disfrazadas de los ropajes más arcaicos: jefes supremos militares, princesas sensibles, reinas cultas y maternales, príncipes apuestos y huecos que leen sin comunicar,….
La asignación de roles totalmente machistas que la monarquía española configura, choca de plano con la realidad social actual. Recordemos que el título de rey es hereditario, sin mediar competencia o cualificación alguna para obtener este papel. Para ser rey hay que ser preferentemente varón y preocuparse de los asuntos serios de la vida política y militar, para ser reina consorte, hay que ser discreta y con preocupación social: “cosas de mujeres…” . El rey es inviolable e irresponsable, el rey es el jefe militar supremo, etc., etc..
Pero lo peor aún para ser rey en España (y en cualquier parte del mundo) hay que tener súbditos, es decir gente que se sienta por debajo, sometida; y ya en España, pocos nos sentimos súbditos y menos aún súbditas.
Ni reyes ni súbditos, república y buen gobierno, honestidad y respeto a la ciudadanía y a los valores que las grandes obras filosóficas y religiosas de la humanidad han consagrado: la incuestionable e indomable dignidad y libertad de todo ser humano.                                                                        

Fernando Almansa