Ni
súbditos ni reyes
Los tiempos que vivimos, son convulsos y cambiantes, pero
quizá no más que cualquier otro tiempo pasado.
El avance del reconocimiento de los Derechos Humanos a lo
largo de todo el planeta, la aceptación universal de la igualdad entre hombres
y mujeres, la eliminación de la esclavitud, la confirmación de la democracia
como el sistema menos malos de gobierno, y las crecientes exigencias de mayor
autogobierno y capacidad de decisión de los diferentes pueblos, configuran
tendencias muy interesantes, llenas de obstáculos en su aplicación práctica y
al mismo tiempo difíciles de gestionar.
Por todo ello no es de extrañar que las mentalidades de
gobernantes mediocres y de poca visión, quieran responder a estas tendencias,
limitando el espacio de incertidumbre que generan, proponiendo cada vez más
limitaciones de derechos, mayor vuelta atrás y mas aferramiento a los sistemas
de mando y control único, para que “nada se menee” y todo sea como “siempre
fue”; aunque a decir verdad jamás la historia tuvo una narrativa única ni un
status quo estático.
En este contexto, las violaciones masivas de derechos
sociales infringidas por gobiernos de llamados Estados democráticos, se convierten cada vez más en un acicate más
fuerte para la revolución social, pacífica y justa.
El abuso de los poderes clásicos, con casos de
corrupción, tráfico de influencias y mentiras manifiestas, llaman al
desmantelamiento de los patrones autoritarios convencionales y ya sin duda
obsoletos. En particular la monarquía en España, ya desalojada en dos ocasiones
de la historia y repuesta por un dictador militar, está más que nunca en
cuestión; ahora salpicada de escándalos
de todo tipo: morales, de corrupción, de mentiras institucionalizadas, y al
mismo tiempo disfrazadas de los ropajes más arcaicos: jefes supremos militares,
princesas sensibles, reinas cultas y maternales, príncipes apuestos y huecos que
leen sin comunicar,….
La asignación de roles totalmente machistas que la
monarquía española configura, choca de plano con la realidad social actual.
Recordemos que el título de rey es hereditario, sin mediar competencia o
cualificación alguna para obtener este papel. Para ser rey hay que ser preferentemente
varón y preocuparse de los asuntos serios de la vida política y militar, para
ser reina consorte, hay que ser discreta y con preocupación social: “cosas de
mujeres…” . El rey es inviolable e irresponsable, el rey es el jefe militar
supremo, etc., etc..
Pero lo peor aún para ser rey en España (y en cualquier
parte del mundo) hay que tener súbditos, es decir gente que se sienta por
debajo, sometida; y ya en España, pocos nos sentimos súbditos y menos aún
súbditas.
Ni reyes ni súbditos, república y buen gobierno,
honestidad y respeto a la ciudadanía y a los valores que las grandes obras
filosóficas y religiosas de la humanidad han consagrado: la incuestionable e
indomable dignidad y libertad de todo ser humano.
Fernando Almansa