jueves, 28 de mayo de 2020

El salto de la responsabilidad política al “mesianismo” ridículo

El salto de la responsabilidad política al “mesianismo” ridículo
Hace unos días un articulista hablaba de “las homilías de Illa y de los sermones de Sánchez”; y efectivamente, Sánchez en particular, ha ido adoptando, cada vez más, un papel “sacerdotal” mediador entre las fuerzas supremas que dirimen el bien y el mal de la humanidad y el pueblo ignorante y desorientado que busca un “mesías” todopoderoso, sabio y prudente que salve al pueblo de la pandemia y sus consecuencias.
Es interesante analizar los discursos de Sánchez a la nación, sus “predicas” apelando a bienes superiores: la unidad, el espíritu de victoria, la ejemplaridad de la nación, la devota sumisión a los poderes del Estado, etc., etc. Resultaría reconfortante si eso reflejara la realidad, pero resulta grotesco, humillante e irritante, al ver la enorme brecha que separa la realidad del sermón del presidente.
Más lamentable aún, resulta ver el énfasis con el que proclama que se reiniciará la liga de futbol, el turismo estival, y la apertura de terrazas. Grandes prioridades nacionales sin duda alguna, que el dadivoso mesías trae a un país en ruina y adormecido.
Resulta interesante también, analizar sus gestos, su lenguaje no verbal, su expresión cada vez más hierática, apática, carente de toda emoción; hace pensar que está sometido a un tratamiento psicológico y quizá farmacológico, para proteger sus emociones y no derrumbarse, haciendo cada vez, más distante la separación entre la realidad objetiva y la realidad subjetiva en la que vive Sánchez. Da miedo, mucho miedo,… más que el propio virus.
A esto se añade los envoltorios de mentiras y realidades incompletas con las que el señor Simón y otros riegan cada día las comunicaciones oficiales. Cuando Simón dice que se canceló el acto evangélico previo al 8 de Marzo, porque pensaban asistir personas de varios países afectados por la pandemia, no dice, que los aeropuertos internacionales españoles siguieron plenamente abiertos y sin ninguna, absolutamente ninguna, medida de control y prevención, incluso una vez decretado el estado de alarma, como yo mismo pude experimentar en el aeropuerto de Madrid el mismo día 15 de marzo a mi regreso del sudeste asiático. Si en esas fechas entraban cada día decenas de miles de pasajeros internacionales procedentes de todo el mundo y sin control alguno, parece ridículo cancelar encuentros de congresos de unos cientos de personas, todos ellos identificados y con total capacidad de darles seguimiento.
Mentiras, y medias verdades, que se lanzan con una asertividad propia de maestrillo autoritario que menosprecia la inteligencia de sus pupilos.
Mal vamos, y con una oposición tan insensata como el propio gobierno, sólo nos queda a la ciudadanía, mantener la responsabilidad que la clase política no tiene, seguir denunciando, proponiendo y para los creyentes,… rezando, y mucho.

Fernando Almansa


martes, 19 de mayo de 2020

¡Traed madera, es la guerra!

¡Traed madera, es la guerra!
Vale la pena, en los tiempos que vivimos, recordar estas palabras de Groucho Marx en la película " Los Hermanos Marx en el oeste". Mientras los hermanos Marx, se afanan en destrozar el tren, arrancando todo lo que es combustible, y echando a la caldera hasta los equipajes de los pasajeros; la locomotora de vapor avanza a toda velocidad, en un viaje sin sentido y sin protección alguna. Incluso el “mudito” cae momentáneamente a la caldera, y Groucho no para de gritar, “¡traed madera, es la guerra!”. Un despropósito que tiene gran paralelismo con la gestión actual de la crisis del Coronavirus. El Gobierno decretó que esto era la guerra, y empezó a quemar a diestro y siniestro todo lo que encontraba a su paso, poniendo en riesgo la salud de los sanitarios, arruinando el país, mandando al paro y a la dependencia de subsidios estatales a millones de familias, quemando sus equipajes, y dejando el tren del país convertido en una estructura que avanza “unida” hacia la desesperanza, la falta de libertades y la ruina total, sin contar con el dolor ya irremediable de la pérdida de casi 30,000 familiares, amigos, vecinos,…
¡Es la guerra!, grita sin parar Pedro Sánchez, y justifica así tener rehenes a la población española en un estado de alarma infinito, privándonos de nuestros derechos, mientras reclama más madera. Los viajeros con estupor,  no se atreven ni a saltar, ni a reclamar; solo piensan en que se acabe la madera, se acabe el viaje y puedan apearse, aunque sea en medio del desierto.
Evidentemente, ni Pedro ni Pablo, saben lo que es la guerra. Pero comparar la lucha contra el coronavirus con una guerra, cumple la función para tener quietos a los pasajeros mientras se quema el tren.
Me permito recordar al Gobierno, algunos elementos claves de una guerra, que por desgracia, yo si he experimentado, y varias, en diversas partes del mundo.
Una guerra destroza y deja inservible todas las infraestructuras esenciales productivas. Una guerra deja a la población en edad laboral, a los más jóvenes y capaces, diezmados, afectando seriamente a la recuperación posterior del país, por falta de capital humano. Una guerra desmantela las estructuras de gobierno y la maquinaria estatal. Una guerra tiene un enemigo al que hay que combatir con estrategia militar secreta y salvaguardando la información clave y protegiendo los objetivos e intenciones militares.
La lucha contra el Coronavirus, no tiene ninguna de las características anteriores, si bien, Pedro y Pablo, junto con el resto de la tropa ministerial, se han comportado como si lo tuvieran.
Entiendan los lectores, que no critico a las izquierdas, ni a las derechas, critico la incompetencia, mediocridad, falta de lógica y abuso de poder.
Y finalmente, y para acabar de quemar el tren, ahora se pacta un viaje de más de un mes de estado de alarma, a cambio de intereses políticos mezquinos, que ninguno de ellos tiene que ver con la lucha efectiva contra la pandemia. ¿Verdaderamente, merecemos los españoles que se negocie con nuestra vida, los intereses políticos de los partidos?.
No echen más madera, ni eche ningún partido más leña al fuego; esto no es la guerra, es una pandemia y son nuestras vidas.




miércoles, 13 de mayo de 2020

Inteligencia: 0 - Higiene: -1

Inteligencia: 0  -  Higiene: -1

Si se tratara de un partido entre la inteligencia gubernamental y la higiene social, los marcadores se volverían locos; en el primer caso marcar algo más que un cero rotundo sería complejo, y en el segundo el marcador intentaría ir hacia abajo.
¿Duro análisis?, eso quisiera yo; pensar que estos comentarios, son fruto de mi frustración y dolor por ver lo que está ocurriendo en nuestro país y en el mundo en su totalidad; pero al igual que no parece haber tests suficientes para analizar el coronavirus, tampoco parece haber tests de inteligencia suficientes para determinar la oportunidad y lógica de las medidas que aleatoriamente el gobierno de la nación va poniendo en marcha a toque de inspiración de musas ignotas.
Cada día los diarios nacionales y las redes sociales, en sus diversas modalidades, se afanan en explicar el significado de las fases de desescalada, la interpretación de las resoluciones del Consejo de Ministros, o las publicaciones del BOE. Los ciudadanos, parece que no alcanzamos a entender tan sofisticada elaboración de medidas que se contraponen, se solapan, se contradicen o dejan paradojas matemáticas del más curioso interés.
Los políticos están lanzados a hacer sonoros llamamientos de agravios, y alta generosidad nacional repartiendo cuatro mascarillas aquí o allá, mientras que seguimos sin una política clara, congruente y sobre todo lógica, para combatir la pandemia.
Los chistes, burlas y chirigotas abundan en la red; sin duda alguna uno de los indicadores más fiables en España  de la incongruencia de las decisiones gubernamentales y de la hartura de la población.
Pero si hablamos de la higiene social, nos percataremos de que todas las medidas básicas de prevención del coronavirus, chocan con prácticas profundamente arraigadas en amplias capas de la sociedad española. Véase chuparse el dedo para coger el papel donde se envuelve el pan, o separar los guantes de plástico, obligatorios ahora en los supermercados, con un poco de saliva en el dedo, o soplando a pleno pulmón, etc. etc. (véase el artículo publicado en este diario el 29 de febrero). Y qué decir de escupir en la calle, o el fantástico deporte de comer pipas escupiendo las cáscaras envueltas en saliva, a la calle. Y sobre este punto, problema para el señor Simón: “si una persona come una bolsa con trescientas pipas a razón de una pipa cada dos segundos y escupe con su saliva correspondiente cada cáscara a la calle; caminando a una velocidad media de 5 km/h. ¿Cuantos kilómetros habrá regado de saliva y a qué distancia se encontrará cada salivazo?; corolario: calcúlese el efecto que tendría sobre niños jugando a la pelota en esas calles, si circulan durante la hora de juego, 30 personas contaminadas con Coronavirus comiendo pipas?. Nota: los peatones circulan por la calle de forma aleatoria sin orden alguno.” Los resultados pueden anotarlos en el cuaderno de “historias para no dormir”.
Y ¿qué me dicen, de la no menos común practica de sacudir escobas y alfombras desde los balcones, coronando de pelusas, contaminadas o no, a viandantes y paseantes?.
Y ¿cómo nos quedamos al saber que estudios recientes confirman que el 25% de la población española no se lava las manos tras ir al baño?.
Con estos antecedentes de higiene social, ya pueden poner mascarillas y guantes, que si no se hace una educación de higiene social, intensa y con amplia cobertura, lo mejor será encomendarse a  todos los santos para salir de ésta; porque ni la inteligencia gubernamental ni la higiene social, ganarán la partida.


Fernando Almansa