Feminismo,
personalismo y clasismo
Afortunadamente y gracias a la insistente
lucha de muchas mujeres y hombres, el feminismo, como movimiento reivindicador
de los derechos de las mujeres y de la justicia de género, se ha abierto paso
en nuestra sociedad de forma definitiva; y aunque aún queda mucho por avanzar, ya
nadie cuestiona que los derechos de las mujeres deben defenderse y protegerse
en todos los ámbitos sociales. El tratamiento de género en la lengua es aún una
asignatura pendiente de resolver, aunque se va avanzando y gradualmente se
llegará a un tratamiento de género que cuente con consenso social y refleje de
manare ecuánime la relación entre hombres y mujeres, sin fomentar estereotipos
o mensajes subliminales que se cuelan en el uso de la lengua castellana. Los
medios de comunicación son cada vez más cuidadosos y precisos en este aspecto.
No así ocurre con otros aspectos de la
comunicación social, que reflejan de forma clara la estructura de valores
sociales que subyacen en nuestra sociedad, aunque se declare formalmente lo
contrario. Me refiero concretamente a los personalismos y al clasismo social.
Los partidos políticos y la prensa política caminan a la par en esto, aunque
declaren lo contrario.
Todos estamos acostumbrados a oír expresiones
como “los de Rivera…”, “la agrupación de Pablo Iglesias…”, “ el partido de Casado…”, etc. ; como si el
trabajo de las diferentes formaciones políticas, lejos de ser un trabajo
colectivo fuera la propiedad y señorío de una sola persona.
Y qué decir de los clasismos; resulta
escandaloso, oír y leer reiteradamente
en la prensa aquello de “ los barones del partido…”; aquí se alcanza el culmen
del machismo lingüístico, el personalismo y el clasismo. Escandaloso en grado
máximo cuando además se refieren a “barones” de partidos que pregonan la
igualdad, la horizontalidad y la supresión de las clases sociales.
Detrás de todo esto, no hay una cuestión semántica
o lingüística, sino fundamentalmente una cuestión de valores sociales.
Lamentablemente, el culto al caudillo, al “líder” sigue muy presente en nuestra sociedad, y este
culto caudillista convive en perfecta y paradójica simbiosis con un ancestral
rechazo a la autoridad y al “jefe”. Estructuras sociales con “machos alfa” a
los que se encumbra y se odia a la vez,
mala base para una democracia, donde el respeto en igualdad, la
participación y la inclusión de todos y todas sean la máxima social.
Algún día los medios de comunicación y los
poderes políticos, revisarán el lenguaje actual y con bochorno lo corregirán, y
esperemos que la sociedad sea quien lo exija desde unos valores más feministas,
comunitarios e igualitarios .