La palmatoria
Encontré una vieja palmatoria de madera, tirada junto a otros “trastos inútiles”
a las afueras del pueblo.
Es una palmatoria rústica, con un pequeño asidero, donde se leen unas
iniciales. Todo de una pieza, una simple tabla. Está llena de cera, de gotas
superpuestas de, ¡sabe Dios, cuantas velas quemadas sobre ella!.
Recuerdo de niño, las mujeres sentadas en los bancos delanteros de la iglesia;
a la derecha se abría una nave lateral, con una capilla. Las mujeres con un ojo
miraban al altar, con el otro a sus respectivas palmatorias, con sus velas de
culebrilla, enrolladas sobre ellas, consumiéndose a gran velocidad, dejando
caer sobre la tabla gotas incesantes de cera fundida. Había que estar atentas,
pues cada dos por tres, había que levantarse, en realidad sin alzar el cuerpo,
en un movimiento casi en cuclillas, y acercarse al velorio, coger la palmatoria
de su propiedad y darle un giro rápido, para desenrollar una vuelta más de la
culebrilla luminaria. Y así toda la misa. Y así toda la vida,…
Cada gota de cera que aún hoy queda en esta vieja palmatoria, tuvo un
significado para la mujer que la poseyó.
Quizá unas gotas fueron por aquel familiar enfermo por quien se ofreció la
vela, otras podrías ser por el ruego de buena cosecha, o que mejorara la oveja
enferma, o por el hijo que fue a la “mili”, o para que la trilla se diera bien.
Gotas de cera, peticiones a un dios que se conforma con cera, para resolver
nuestros problemas. Gotas de cera, lágrimas de mujer, anhelos de vida, y
desesperación contenida en rituales de cera y llama.
Hoy en la iglesia del pueblo sigue el mismo espacio, done antaño, las mujeres
giraban y giraban las palmatorias, mientras los hombres no paraban de
cuchichear en los asientos traseros; pero hoy las velas de culebrilla y sus
palmatorias han desaparecido, en su lugar hay un lampadario eléctrico, que
traga monedas y alegra a las compañías eléctricas, cada vez que una mujer encomienda
sus causas a la máquina que enciende velas falsas, a dioses de escayola.
Las gotas de cera de la vieja palmatoria, son como lágrimas congeladas en
el tiempo, de un mundo que ya no existe, pero existió.
Yo hoy dejo caer mis lágrimas sobre la palmatoria, pidiendo a Dios, por el
fin de las guerras, las violaciones de los derechos humanos en tantas partes
del planeta, la violencia que mata, y los odios cotidianos que hacen que la
sociedad no avance en justicia y paz. Yo hoy recojo las gotas de cera de la
palmatoria, y vuelvo a ofrecérselas sin llama a Dios, uniéndome al pasado, y
recordando que cada gota fue una petición de ayuda divina, que hoy como siempre,
nuestra maltrecha humanidad y el planeta en que vivimos, necesita urgentemente.
Fernando Almansa
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