La Ética como legado: ¿una herencia positiva o una carga?
Las Organizaciones Humanitarias, tienen profundas raíces en la filosofía. Aunque los orígenes del humanitarismo moderno se establecen con la fundación de la Cruz Roja por Henry Dunant en 1859, es decir hace apenas siglo y medio, el Humanitarismo como tal es tan viejo como la propia humanidad.
Diferentes filosofías, culturas y religiones han promovido y desarrollado conceptos relativos a la ayuda mutua, asistencia a congéneres en tiempos de desastre, el amor al prójimo, etc.
Las constelaciones de valores, principios y normas que se refieren a lo que puede ser entendido como humanitario, son enormes, y al mismo tiempo con bastante concurrencia entre ellas, en la mayoría de los casos. La esencia es salvar vidas y aliviar el sufrimiento de otros seres humanos que se encuentran en una situación límite en sus vidas.
Por lo tanto podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que no existe Humanitarismo sin este legado histórico.
Hoy en día la gran mayoría de las organizaciones humanitarias basan su Ethos Humanitario en el que emerge del movimiento de la Cruz Roja y la media Luna Roja, y por lo tanto los principios del Movimiento de la Cruz Roja y la media Luna Roja, se han convertido en la referencia principal e incuestionable para el humanitarismo moderno.
Como tal el humanitarismo moderno nace a la sombre de la Guerra y solamente en las últimas décadas, aspectos más directamente relacionados con crisis no conectadas con la guerra, han cobrado entidad propia dentro del mundo humanitario.
Este salto en la historia humanitaria, desde la Filosofía y las tradiciones religiosas a un enfoque más práctico y normativo, que desembarca en los Convenios de Ginebra como cuerpo base del Derecho Internacional Humanitario, ha reducido el alcance del humanitarismo a un área muy específica y concreta de la actividad humana.
Esto tiene aspectos negativos y positivos como veremos.
Sin duda alguna entre los aspectos positivos que está evolución ha dejado, y hay que tener en cuenta están:
La conversión del voluntarismo moral relativista de cada cultura o grupo humano a un marco de derecho de carácter universal que permite traducir de forma más eficaz, la complejidad de los marcos morales existentes.
Al mismo tiempo, la creación de instituciones y organizaciones transculturales y transreligiosas, que trascienden éticas particulares para abrazar el intento de una ética transversal humanitaria y con vocación universal, ha creado la posibilidad de tener instrumentos de trabajo y plataformas de debate especializadas sobre las que ir construyendo el moderno humanitarismo.
Por otra parte la imbricación en el debate, legislación y aplicación práctica de entidades gubernamentales y de la sociedad civil, es sin duda uno de los grandes logros de este proceso, al mismo tiempo que uno de los mayores retos en su aplicación cotidiana.
Quizás entre los aspectos negativos o cuestionables de este proceso cabe señalar:
La pérdida de espíritu y motor profundo en muchas de las organizaciones y en sus programas de trabajo, habiendo reducido en algunos casos, el espíritu humanitario a una cuestión técnico normativa desprovista frecuentemente de su esencia moral que le da vida y origen.
El pragmatismo materialista y eficientista que ha ido imponiéndose como razón última de la acción humanitaria, ha hecho perder el Norte a varias organizaciones de una forma grave. Pues no es sólo una pérdida conceptual o moral, es una pérdida de capacidad intelectual para formular las preguntas claves en términos éticos y no solo en términos técnicos.
El catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona José María Valverde, popularizó la frase: “Nulla estetica sine etica “[1]; en lo Humanitario cabria decir “Nulle technica sine etica”
Cuando las personas con altas responsabilidades en las organizaciones humanitarias carecen de la necesaria inquietud filosófica que ilumina la acción humanitaria y se reducen a meros tecnócratas de la acción humanitaria es imposible que dichas organizaciones den respuestas moralmente correctas a las grandes cuestiones humanitarias, desde planteamientos meramente técnico-normativos. Por ello es imprescindible cultivar las raíces de las que se nutre la acción humanitaria, fomentar el debate conceptual y trasladarlo de forma clara a la acción concreta. La fractura entre ideólogos-pensadores, teóricos-tecnócratas y ejecutores de la acción humanitaria es una lacra actual del sector que genera grandes contradicciones y una visión fragmentada de lo que es la realidad humanitaria.
¿Ante quién responden las organizaciones y qué moral se impone?
Saber ante quien rinden cuentas las organizaciones humanitarias , es entender desde que códigos morales se rigen. En el código de Conducta de Islamic Relief podemos leer (traducción propia del inglés)[2]:
“Somos responsables ante: Nuestro Creador en todo lo que hacemos. Nuestros donantes por la forma en que utilizamos sus contribuciones. Nuestro beneficiarios para proveerles la asistencia que requieren en el tiempo en que la necesitan y de la manera apropiada., nuestros colegas para llevar a cabo nuestras responsabilidades con nuestro mejor hacer, las autoridades para cumplir con los requerimientos legales”.
En el código de conducta relativo al socorro en casos de desastre para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y las organizaciones no gubernamentales, se afirma en su artículo 9: “Somos responsables ante aquellos a quienes tratamos de ayudar y ante las personas o las instituciones de las que aceptamos recursos.”
Obviamente, el orden de prioridad y los sujetos ante quienes se someten las organizaciones, determinan la comprensión de qué debe hacerse, cómo debe hacerse y qué hay que priorizar en cada momento. Y quizá más importante aún, desde que moral debe interpretarse el bien y el mal y resolver los dilemas morales que se planteen en el transcurrir de la acción humanitaria. Hacer confluir las diferentes percepciones de responsabilidad de las múltiples agencias humanitarias no es fácil, si bien el eje: “beneficiarios-donantes” es bastante claro, no es tan claro el cómo se conjugan los niveles de responsabilidad superior: sea a la propia conciencia individual, o ante el Creador.
El paradigma del marketing de servicios en el sector Humanitario y el valor residual del significado de los valores en la ética aplicada.
Abro con esto un planteamiento crítico profundo y que conviene analizar y dilucidar cuidadosamente.
La evolución histórica del humanitarismo ha generado el cuerpo de barro sobre el que se construye la acción humanitaria. Pero como en el libro del Génesis, la creación del cuerpo humanitario solo cobrará vida con el aliento ético.
Sin duda alguna la razón última de la acción humanitaria no es meramente un ejercicio filosófico abstracto, antes bien es un “hacer fundamentado” por encima de todo. Es un responder, es un entregar, es un ejecutar, es un satisfacer, es aliviar, es salvar es socorrer.
Socorrer, salvar, rescatar, aliviar, hacer, ejecutar, etc. etc., verbos de gran carga dinámica, de gran concreción y con limitantes temporales asociados.
Pero todo esto no es más que el producto; lo que se hace, “lo que se vende”. Pero la pregunta esencial de fondo no se puede responder sólo con el “qué” se hace, sino con el “por qué” se hace. Y este binomio “qué” y “por qué” es lo que da razón y entidad propia al humanitarismo.
Cuando las organizaciones confunden el “qué” con el “por qué”, pueden caer fácilmente en un mercadeo de servicios básicos, para los cuales probablemente ni tan siquiera estén en la mejor posición para su entrega.
Las organizaciones humanitarias en la forma en que comunican su trabajo y sus servicios, deben cuidar mucho el mensaje del “por qué” tanto como el del “qué”. Aquellas organizaciones, por desgracia harto numerosas, que solo explican el “qué”, no solo no carecerán de legitimidad moral en muy corto plazo, sino que además encontrarán muy difícil mantener la argumentación eficientista en un mundo globalizado, con gran acceso a la información en tiempo real y donde los costes de entrega de servicios, son cada vez más altos desde los mecanismos tradicionales de entrega de servicios de la acción Humanitaria.
El marketing humanitario no sólo debe estar regido por unos protocolos de límites no transgredibles, sino por una exigencia firme de explicitar la razón última y los valores en los que se sustenta la acción humanitaria. Porque solo a partir de ellos los programas humanitarios contarán con el mandato adecuado para ir adaptándose a las variables condiciones en las que habrá que operar.
Una oferta de productos o servicios basada exclusivamente en los supuestos resultados predecibles (que además nunca lo son) están abocados a un fracaso o a una falsedad en la verdadera acción humanitaria.
Por eso, reivindico, que junto a la más alta técnica en la acción humanitaria, se mantenga siempre la guía en la ética, la técnica siempre seguirá a la ética nunca al revés.
Y la estética, (el marketing), debe ser la consecuencia natural del sumatorio de ética y técnica, y no puede existir sin ninguna de las dos.
Las organizaciones Humanitarias: Del pragmatismo radical, a la gimnasia intelectual hipersofisticada. ¿Dónde está el equilibrio?
Como he señalado, el riesgo del pragmatismo amoral, es un peligro que acecha de forma cierta al humanitarismo, pero no es menos cierto que entre sectores críticos intelectuales, se ha ido construyendo una torre de marfil inexpugnable por su diseño intelectual, que puede llevar a la parálisis de la acción humanitaria, al menos por tres vías diferentes: la vía del falso intelectualismo, la vía de la hiperconectividad, o la vía del miedo.
Por la vía del falso intelectualismo o la hipercrítica, me refiero a la capacidad de argumentar intelectualmente la inutilidad de la acción humanitaria, a partir del señalamiento de sus contradicciones intrínsecas o su falta de eficiencia desde un análisis material de costes y beneficios.
Es relativamente sencillo, armar una batería de argumentos para poner de relieve la complejidad y dificultad de llevar a buen puerto la acción humanitaria, y con ello abogar por la supresión u obsolescencia de lo que hemos convenido en llamar acción humanitaria.
Pero si bien es cierto que esto puede atacar el “qué”, no araña ni levemente el “por qué”.
La vía de la hiperconectividad, es quizá el gran peligro que amenaza hoy en día la acción humanitaria. La capacidad intelectual, apoyada por mecanismos de metainformación, capaz de demostrar la enorme conectividad que la acción humanitaria tiene con otras ramas de la actividad humana, (sea la cooperación para el desarrollo, sea la acción social, los programas de protección civil, los mecanismos para incorporar la economía del voluntariado y el ocio, sea las conexiones geoestratégicas, sea el cambio climático), ponen a la acción humanitaria en un cruce de caminos por el que todo el mundo parece tener derecho a transitar, sin pararse en él, ni recorrerlo de forma diferenciada. Sino tan solo usarlo como unión de intereses confluyentes, desproveyendo a la Acción humanitaria de su esencia misma y de su espacio propio y exclusivo.
Las Organizaciones Humanitarias deben estar vigilantes a este ejercicio de hiperconectividad temática, que en ocasiones es un legítimo ejercicio intelectual para explorar nuevas posibilidades y definir territorios, pero a mi parecer, en otros muchos casos no deja de ser un exhibicionismo intelectualoide, y excusa para la inacción en el núcleo humanitario.
La tercera vía que he señalado como riesgo de parálisis de la acción humanitaria es la vía del miedo. Este es otro de los grandes males que atenazan al sector humanitario actual.
Cada día más, el sector cuenta con más personas y mejor formadas en el ámbito humanitario. Y curiosamente parece existir una correlación directa entre nivel de formación y miedo a tomar decisiones relativas a la acción misma. El miedo a equivocarse, a no tener todos los elementos de juicio, a no haber analizado suficientemente los pros y contras de cada operación, conduce con frecuencia a una parálisis decisoria y por ende organizativa, que contrasta con el hacer sin fundamento, supuestamente pragmático, de organizaciones y personas con niveles de formación sensiblemente inferiores o con una base deficiente en cuestiones de ética humanitaria.
Es urgente encontrar el punto superior donde se superen el pragmatismo infundado y la intelectualidad inoperante.
No se trata de encontrar un equilibrio entre antagónicos mediocres, sino de un maridaje apropiado y fundamentado de valores de excelencia: crítica fundada y operatividad eficiente.
Se trata de desarrollar un hacer crítico y una crítica hacedora.
Simplificando la ética a normas y conductas
Con frecuencia las organizaciones humanitarias han tratado de encontrar este punto superior de encuentro entre intelectualidad y operatividad, mediante la elaboración de normas de comportamiento y criterios de buen hacer profesionales, sean códigos de conducta o proyectos normativos profesionales.
Sin duda alguna, le ética siempre acaba encontrando una pista de aterrizaje en los códigos morales; Es la forma práctica de romper la esencia de la angustia de la pregunta eterna e irresoluble, y convertirlas en terrenos trillados y animales domesticados, en lugar de dejar la selva abierta al machete, o la fiera salvaje de la ética amenazadora ante nuestra acción.
Forma parte de la condición humana, simplificar, domesticar reducir, y a ésta tendencia no se escapa la acción humanitaria.
Hay que dar gran valor a este ejercicio de simplificación y divulgación. Los códigos de conducta y los requerimientos exigibles normativos, son una buena base para garantizar una acción humanitaria bien fundada, y con mayor capacidad de diálogo con el resto de acciones humanitarias con la que cada vez más, cada acción concreta acaba encontrándose.
No obstante, es esencial que la acción humanitaria, hoy más que nunca, se mantenga abierta a las difíciles cuestiones que la ética le plantea, y no intente dominar la fiera antes de conocerla en profundidad y de familiarizarse con ella.
Por ello, considero que la inquietud, el desasosiego ético es inherente a la acción humanitaria, Para mí no hay nada tan temible como los fundamentalistas incuestinadores del sector humanitario, que cuentan en su bolsillo con más respuestas que preguntas, sobre los grandes asuntos humanitario.
A mi entender los códigos de conducta y los estándares humanitarios profesionales , son respuestas parciales a un problema de gran calado y trascendencia, y por lo tanto siendo su valor muy alto, y sirviendo como referente para aproximarnos de forma práctica a la cuestión ética, no son suficientes ni nunca pueden ser concluyentes de forma definitiva.
En este sentido es importante que la Organizaciones promuevan el estricto cumplimiento de los códigos, como forma de garantizar unos mínimos de conducta y acción ampliamente aceptados por la comunidad internacional, pero es igualmente importante que las organizaciones promuevan un debate profundo, organizado y vivo sobre las nuevas realidades con las que el sector Humanitario se confronta.
Buenos agentes y buenos filósofos
Concluyo pues con una exigente y quizá utópica aspiración, y es que las organizaciones humanitarias recluten a buenos agentes humanitarios capaces de ejecutar complejos proyectos, decidir en momentos difíciles y como dicen los catalanes “fer fer “ es decir “hacer hacer”. Pero que al mismo tiempo sean buenos filósofos y filósofas, capaces de discernir lo esencial de lo anecdótico, capaces de diferenciar los dilemas reales de las trampas conceptuales, capaces de superar el miedo como trampa psicológica y asumir el riesgo de la intelectualidad humanitaria más avanzada. Capaces de hacer de la disciplina una herramienta en la operatividad y de la revolución un instrumento en el debate.
Si las organizaciones no se abren a estas realidades, y no dejan que penetre la inquietud de la raíz humanitaria, la que lleva la sabiduría en cada paso, en cada acción, se convertirán en gestores muertos anodinos y sin razón de ser.
Y quizá no hagan mal, pero seguro no harán bien que es peor que no hacer mal.
Fernando Almansa
[1] La cita completa es: “Nulla estetica sine etica, ergo apaga y vámonos”, citada por José María Valverde, catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona cuando en 1965, dejó su plaza en solidaridad con López Aranguren, expulsado por el franquismo de su cátedra de Ética de la Universidad de Madrid.
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